Después de años visitando Egipto por trabajo—revisando hoteles, probando servicios y comprobando que todo funciona—por fin viajé como una turista más. Este no es un artículo oficial ni una guía: es mi experiencia personal, contada tal cual la viví, con sus maravillas, sus contrastes y sus realidades. Si te apetece un relato sincero de 17 días por Egipto, aquí va el mío.
De Mieres a Madrid, y de Madrid a Luxor (vía El Cairo)
Nuestro viaje empezó en tren desde Mieres rumbo a Madrid. Sin estrés, sin prisas, como empiezan las vacaciones de verdad.
En Barajas embarcamos hacia El Cairo, aunque solo para hacer escala y coger el segundo vuelo a Luxor, donde realmente empezaba todo.
Nada más llegar, la organización local nos recibió (a veces no pueden estar en la escala, pero muchas veces sí): ayuda con el visado, tarjeta SIM y al nuevo vuelo.
En el avión descubrí un detalle práctico: la clavija de los auriculares es doble, pero ellos mismos te dan los cascos gratis.
Para este vuelo iban tan apurados —porque había llegado un poco tarde— que, en lugar de darte agua y galletitas a bordo (que Egyptair incluye siempre), te lo entregaban antes de subir al avión.
Luxor: templos de la antigua Tebas y el Egipto que te sacude desde el primer día
Llegamos tarde y fuimos directos a dormir.
A la mañana siguiente, sin madrugar demasiado, visitamos Dendera, un templo que normalmente no entra en el circuito clásico porque requiere hacer noche extra en Luxor.
Si ya conoces los templos del Nilo, te puede recordar a Philae… pero con los colores infinitamente mejor conservados.
Cuando se hace noche extra suelen visitarse Dendera y Abydos, pero nosotros fuimos sin prisa y solo vimos el primero. Después embarcamos y descansamos un poco.
Al día siguiente empezamos con las visitas habituales del recorrido clásico: Karnak y el Templo de Luxor.
Karnak te deja sin aliento, pero para mí el más especial es Luxor: es el único templo donde conviven cinco culturas diferentes. Algo que hay que ver con tus propios ojos.
Y aquí aparece la primera lección del viaje:
Egipto vive del turismo, y las propinas forman parte del sistema.
Guardias que quieren hacerte fotos, puertas que se abren “si cae algo”, vendedores por todas partes y, lo más delicado, niños trabajando.
No nos cansaremos de decirlo: NUNCA hay que dar dinero ni comprar nada a un niño. Duele decir que no, pero es necesario. Porque si el niño llega con dinero a casa, nunca le mandarán al colegio, y cuando piensas que lo estás beneficiando, en realidad le perjudicas
El paseo en globo y las tumbas más famosas del país

Uno de los momentos más inolvidables fue el vuelo en globo, aunque nos hicieron esperar casi tres horas “por visibilidad” (con el cielo más despejado del mundo).
A las 4 de la mañana ya había niños intentando venderte cosas. Incluso vimos gente —y perros— durmiendo tapados con la lona del globo. Otra realidad.
Después visitamos los Colosos de Memnón, el Valle de los Reyes (entrando también en la tumba de Tutankamón, que no suele incluirse pero se puede añadir sin problema) y el Templo de Hatshepsut.
Este templo me encanta: no hay otro igual. La reina mandó matar a su arquitecto-amante para que nadie pudiera construir uno parecido. Su historia merece un libro.

Y, por supuesto, llegó la siesta gloriosa del mediodía en el barco… El Nilo por la mañana y al atardecer ver el sol caer es magia pura que no debe perderse ningun viajero.

Edfu, Kom Ombo iluminado y el contraste de Asuán
Ese día vimos:
- Edfu, que abrió tarde y nos permitió entrar primeros.
- Kom Ombo de noche, abarrotado, pero precioso iluminado.
- Philae, casi vacío para nosotros.
También hicimos una excursión a un poblado nubio, una mezcla de cultura, puesta en escena turística y algunas cosas duras de ver (como animales encerrados para atraer visitantes).
No suele estar incluido, pero los guías suelen ofrecerlo. Es prescindible, pero distinto.
Aun así, tuvimos momentos maravillosos: navegación, tumbonas, sol, explicaciones del guía (Seif, estupendo, y también vimos a Maged)… y esas siestas eternas con el barco en movimiento.
Lago Nasser y Abu Simbel: la llegada más espectacular
El crucero por el Lago Nasser es otro tipo de viaje:
más tranquilo, templos remotos, muy relajado, y sí, más caro. Es perfecto para quienes ya han visto Egipto antes o tienen tiempo.
La gran diferencia —y por lo que yo lo elegí— es llegar a Abu Simbel en barco.
Si eliges el crucero que sale desde Asuán los lunes, llegas al final del viaje navegando hacia los templos.
Estar en la cubierta y ver cómo se acercan, poco a poco, esas figuras gigantes que conoces de toda la vida… es emocionante.
También puedes quedarte hasta el show de luz y sonido, algo imposible cuando vas en carretera.
La visita clásica obliga a salir a las 3 de la mañana, tres horas de ida, tres de vuelta… y no se disfruta igual.
Siwa: otro planeta en mitad del desierto

Siwa es distinta a todo: dunas, oasis, templos muy antiguos, pueblos sin turistas, lagos de sal en los que flotas sin esfuerzo (y luego sales con la piel como una lija), baño en el Ojo de Cleopatra, y una cena en el desierto bajo un cielo enorme.
Pero también es un sitio duro: pobreza evidente, instalaciones mínimas, animales trabajando al lado de los baños turísticos…
Y llegar no es fácil. Nuestro recorrido para hacerlo fue:
- Despertar en Abu Simbel → carretera a Asuán (3h)
- Vuelo a El Cairo (1h30)
- Carretera a Alejandría (3h) y noche allí
- Al día siguiente, Alejandría → Siwa (7 horas), con parada en Marsa Matruh para comer un pescado espectacular
Son casi dos días de trayecto. Hay que querer ir, es solo para viajeros que no quieren hacer lo que hace todo el mundo.
Y entonces sí, llega El Cairo: un máster exprés en realidad egipcia…
Aunque ya había estado, esta fue la primera vez que viví El Cairo como turista.
Y aquí llega el impacto:
- Calles con 6 carriles convertidos en 10
- Semáforos que no significan nada
- Coches abolladísimos
- Motos con familias enteras
- Burros y carros circulando como si nada
- Matriculas alemanas debajo de las egipcias
- Niños cruzando por donde quieren
Y tú pensando: “¿cómo puede funcionar esto?” ¡Pero funciona!
Visitamos el Khan el-Khalili, cenamos en un local lleno de egipcios donde acabamos bailando, vimos el Gran Museo Egipcio, la Ciudadela de Saladino, varias mezquitas y el barrio Copto.
Probamos el koshari, ese plato que parece un revoltijo pero está buenísimo.
También vimos la diferencia entre un centro comercial normal de El Cairo y otro del Nuevo Cairo, que parece Dubái: otra liga, otro nivel, otra economía.
Allí estuvimos con mi compañero Mohamed, responsable de nuestra oficina en El Cairo, a quien quiero agradecer (aunque no lo lea) lo bien que nos trata siempre y los dulces que me dio para repartir con los compañeros… ¡estaban increíbles!
La última noche ni cenamos: ya no podíamos más…
Egipto no es un viaje de postal. Es un viaje de verdad.
Y por eso engancha.
Egipto es duro por momentos: pobreza, suciedad, niños trabajando, caos, ruido…
Pero también está lleno de gestos preciosos:
la mano en el pecho al darte las gracias, las sonrisas sinceras, los amaneceres sobre el Nilo, las mezquitas iluminadas al anochecer.
He estado muchas veces en Egipto, pero siempre trabajando.
Esta vez, como turista, lo viví de otra manera:
más cansada, más sorprendida, más metida en la historia…
y mucho más consciente de lo distinto que es de nosotros.
No es un viaje cómodo. No es un viaje fácil. No es un viaje apto para todo el mundo.
Pero si vas con la mente abierta, es un viaje que se queda dentro.
Este fue el mío. Tal cual lo viví. Si te interesa vivir esta experiencia, te ayudo a planificar el viaje a medida para que vivas el país de la manera en que siempre la imaginaste. Te animas? pincha aquí ¡y hablamos!


